DR. ZANZANA

University of Scranton

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Un don que pedirle quiero

 

Preocupado con el pensamiento

de no haber recibido la orden de la caballería,

abrevió don Quijote su limitada cena,

llamó al ventero en seguida

y encerrándose con él en la caballeriza,

se hincó de rodillas ante él,

diciéndole:

 “no me levantaré jamás donde estoy,

valersoso caballero, hasta que la vuestra cortesía

me ortogue un don que pedirle quiero,

el cual redundará en vuestra alabanza

y en pro del género humano.

 

Oyendo tan extraño discurso

de un huésped a sus pies hincado,

el ventero acabó                                                                                                                                                          

cumpliendo con su deseo.                                                                     

 

Para poder buscar aventuras

por las cuatro partes del mundo

pidió don Quijote que al día siguiente,

el ventero le armase caballero andante.

 

“Un don que pedirle quiero

y mañana, como tengo dicho,

se cumplirá lo que tanto deseo.”

 

Como no había capilla,

don Quijote veló sus armas

en un corral grande a un lado de la venta

para pronto empezar sus batallas.

 

Convencido de su falta de juicio,

el ventero dijo al hidalgo

que honroso ejercicio

es armarse caballero,

él mismo antes lo había hecho.

 

Habló el ventero burlonamente

diciendo que si don Quijote

salía herido en combate

sin tener por amigo

a un sabio encantador para socorrerlo,

tendría que llevar en alforjas

ugüentos e hilas

para curar las heridas.

 

 

También dinero y camisas blancas,

y añadió que, pocas y raras veces sucedía,

que el caballero andante escudero no tenía.

 

“Un don que pedirle quiero

y mañana, como tengo dicho,

se cumplirá lo que tanto deseo.”

 

Don Quijote recogió sus armas

y las puso sobre una pila

que junto a un pozo estaba.

 

Embrazando su adarga,

el caballero alzó su lanza,

y con gentil continente                                                           

se comenzó a pasear delante                               

de la pila cuando cerraba la noche.                                                      

 

Uno de los arrieros en la venta

decidió ir a dar agua a su recua,

y fue menester quitar las armas

que don Quijote guardaba sobre una pila.

 

Viéndole llegar, en voz alta,

le dijo don Quijote que se alejara

y que si tocaba las armas

“del más valeroso caballero andante

que jamás ciñó espada,”

dejaría la vida en pago

de su atrevido paso.

 

No le hizo caso el arriero

y trabando las correas,

las arrojó a gran trecho.

 

Recomendándose a Dulcinea, su señora,

para que en esta primera afrenta

amparo y favor le diera,

soltó don Quijote la adarga,

a dos manos alzó la lanza,

y dio con ella tan gran golpe

al arriero en la cabeza

que le derribó al suelo

maltrecho y aturdido.

 

 

Desde allí a poco

llegó otro arriero

que, sin saber lo que había pasado,

intentó quitar las armas

para desembarazar la pila

y dar a sus mulos agua.

 

Don Quijote soltó otra vez la adarga,

alzó otra vez la lanza,

y sin hablar palabra,

abrió la cabeza del segundo arriero

no en tres sino en cuatro.

 

Los compañeros de los heridos

comenzaron desde lejos

a tirarle a don Quijote piedras.

Pero él se reparaba con su adarga

y no osaba apartarse de la pila

por no desamparar las armas.

 

Don Quijote daba voces

llamándo avelosos y traidores

a los arrieros, y mal nacido al ventero,

porque consentía que en su castillo

se tratase vil a un andante caballero.

 

Decía todo con tanto brío

que un terrible temor infundió.

Y con las palabras del ventero

que gritaba que don Quijote estaba loco,

dejaron de tirarle piedras.

 

Tornó luego el caballero

a la vela de sus armas

con quietud y sosiego.

 

“Un don que pedirle quiero

y mañana, como tengo dicho,

se cumplirá lo que tanto deseo.”

 

Determinó el ventero

armarle pronto caballero.

Trajo un libro

y a la luz de un cabo de vela

que traía un muchacho,

y las dos joven mozas

mandó a don Quijote hincarse de rodillas.

 

Empezó el ventero el ritual

leyendo en su manual.

En medio de la lectura,

que a devota oración soñaba,

alzó la mano y dio un buen golpe

sobre el cuello de don Quijote.

Y tras él, con su misma espada,

un gran espaldarazo.

 

Seguido a esto, una dama,

a don Quijote le ciñó la espada,

lo cual hizo con gran desenvoltura;

la otra joven moza le calzó la espuela.

 

Hechas las ceremonias, aprisa y a galope,

don Quijote subió sobre Rocinante

y abrazando a su huésped,

le agradeció la merced.

Sin pedirle la costa de la posada,

el ventero le dejó ir en buen hora.

 

“Un don que pedirle quiero

y mañana, como tengo dicho,

se cumplirá lo que tanto deseo.”