University of Scranton

DR. Zanzana

Dr. Insomniac

 

                                 Prólogo

      Se habría quedado la leyenda

      en los archivos de la Mancha, sepultada,

      si no hubiera llegado un amigo mío,

      gracioso y bien entendido,

      para llenar de mi insuficiencia, el vacío.

 

 

En un lugar de la Mancha,

de cuyo nombre no quiero acordarme,

empieza monda y desnuda,

la historia de don Quijote.

 

Quiso su autor

dársela al lector

sin el ornato de un prólogo,

y sin, de los acostumbrados sonetos, el catálogo.

Mayor trabajo me costó hacer el prefacio

y de los muchos filósofos, el elogio,

que componer este libro engendrado por mi estéril ingenio.

 

Aunque parezco yo padre de don Quijote,

soy nada más que su padrastro.

Tampoco quiero irme con la corriente

y pedir que me perdones en este libro,

que es hijo del entendimiento,

las faltas de mi poco pensamiento.

 

Tomé la pluma, muchas veces,

para escribir el elogio de algunos autores.

Pero la dejé, por no saber lo que decir.

Así que determiné no dejar al mundo salir

la historia del famoso don Quijote,

luz y espejo de toda la caballería andante.

 

Se habría quedado la leyenda

en los archivos de la Mancha, sepultada,

si no hubiera llegado un amigo mío,

gracioso y bien entendido,

para llenar de mi insuficiencia, el vacío.

 

Viéndome muy imaginativo,

me preguntó de mi poco contento, el motivo.

Le dije que el prólogo a la historia de don Quijote

me dejababa con aflicción semejante,

y que no quería hacerlo en aquel espacio,

ni sacar a luz sin él el prefacio

a las hazañas de tan noble caballero y con tan raro oficio.

 

Con un abrir y un cerrar de ojos,

prometió este amigo remediar mis impedimentos.

Dijo que con elogios, epigramas y sonetos,

podía confundir mis ansias y debilidades,

y desatar todas mis faltas y dificultades. 

 

“Lo primero es que vos mismo algún trabajo toméis

en hacer los sonetos, epigramas o elogios que os faltan para el prefacio.

Después, los podéis bautizar y poner el nombre que quisiereis,

empezando así vuestro relato con algunos versos de gran artificio.”

 

“En lo de citar en los márgenes los libros y autores,”

dijo el mismo amigo sobre mis demás preocupaciones,

“no hay más sino que apuntar algunas sentencias o latines

que vos sepáis de memoria o que buscáis en sabios volúmenes.” 

 

“Si tratáis de la amistad y amor que Dios manda

que al enemigo siempre se tenga,

lo podéis hacer con referencia a la Escritura Divina

y decir las palabras que el mismo Dios menciona,

<<y yo os digo:

amad a vuestro enemigo>>.” 

 

Se habría quedado la leyenda

en los archivos de la Mancha, sepultada,

si no hubiera llegado un amigo mío,

gracioso y bien entendido,

para llenar de mi insuficiencia, el vacío.

 

“Acudid con el Evangelio,” anunció este amigo discreto,

si tratareis de algún malo pensamiento.

Y si hablareis de la inestabilidad de los amigos,

ahí está Catón con sus dobles versos.

 

“En lo que toca poner al fin del libro anotaciones,

sólo basta que cuando nombráis a algún gigante

sea el gigante Golías como se cuenta en el libro de los Reyes,

y de este modo tenéis una anotación ni común ni corriente.”

 

“Para que parezca el autor de este relato

cosmógrafo al igual que hombre erudito en letras humanas,

haced que se nombre el río Tajo en algún cuento,

y de hecho tenga otra famosa anotación con que salga a buenas. 

 

“En cuanto a la citación de autores,

en un libro habéis de buscar el remedio.

Y después de encontrar los demás nombres,

apúntelos a vuestra historia como si fuesen de vuestro ingenio.”

 

Indicó mi amigo que el catálogo de autores y de su sabiduría

ofrecía autoridad a mi libro sobre las hazañas de don Quijote.

Dijo que puesto que todo era una invectiva contra los libros de caballería,

que no me preocupara si me criticara algún bachiller o pedante.

 

Señaló también que como proponía en este libro sobre don Quijote,

deshacer la autoridad y capacidad de los libros de la caballería andante,

no había que pedir consejos de la Divina Escritura, ni sentencias de filósofos,

ni fábulas de poetas, oraciones de retóricos y ni milagros en los párrafos.

 

Aconsejó que procurara escribir con palabras

significantes, honestas y bien colocadas,

y que saliera la oración con buen motivo,

y período sonoro y festivo.

 

Mandó que diera a entender mis conceptos

sin intricarlos ni oscurecerlos,

para así derribar como de una dedada,

la reputación mal fundada

de los caballerescos libros,

aborrecidos de tantos,

y alabados de muchos otros. 

 

 Se habría quedado la leyenda

en los archivos de la Mancha, sepultada,

si no hubiera llegado un amigo mío,

gracioso y bien entendido,

para llenar de mi insuficiencia, el vacío.

 

Con gran silencio estuve escuchando a mi amigo

de tal manera que se imprimieron en mi sus razones.

Decidí aprobarlas todas, lector carísimo y hacer este prólogo,

en el cual verás su discreción y buenas intenciones.

 

También reconocerás la suerte mía en encontrar tal consejero

y el alivio tuyo en hallar la sincera historia del más valiente caballero,

de quien hay opinión por todos los habitantes del distrito del campo de Montiel,

que fue el más casto enamorado y de todos siempre el más fiel. 

Quiero que me agradezcas en esta historia, lector suave,

el conocimiento que tendrás del escudero de don Quijote.

En Sancho Panza encontrarás todas las gracias escuderiles

que en los libros vanos de caballería están esparcidas y disponibles.

 

Y con esto, pido que Dios salud te dé,

y que a mí no me olvide. Vale.

 

Se habría quedado la leyenda

en los archivos de la Mancha, sepultada,

si no hubiera llegado un amigo mío,

gracioso y bien entendido,

para llenar de mi insuficiencia, el vacío.

Llénose la fantasía

de todo lo que leía

en los libros de caballería.

Se le secó el cerebro algún día

y del poco dormir y mucho leer,

el juicio vino a perder.

 

En un lugar de la Mancha

de cuyo nombre

no quiero acordarme,

no hace mucho tiempo,

ni se conoce la fecha,

vivía un hidalgo venturero,

de los de lanza en astillero,

adarga antigua, y para cuando andaba de cazador,

rocín flaco y galgo corredor.

 

Una olla de algo más vaca que carnero, muchas veces,

salpicón las más noches,

duelos y quebrantos los sábados,

lentejas los viernes,

algún palomino de añadidura los domingos,

consumían de su hacienda, las tres cuartas partes.

 

El resto de ella concluían sayo de velarte,

calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de mismo ajuste. 

Y los días de entresemana se honraba más que medianamente,

con su vellorí de lo más fino y excelente. 

 

Tenía en su casa una ama y una sobrina.

El ama pasaba los cuarenta, pero la sobrina,

a los veinte años ni siquiera llegaba.

Un mozo de campo de plaza también contrataba

que así el rocín ensillaba y la podera tomaba.

 

Frisaba la edad de cincuenta nuestro hidalgo.

Era de complexión recia pues,

enjuto de rostro y seco de carnes.

Era también gran madrugador

y de la caza siempre el amigo.

 

Hay quien dice

que tenía por sobrenombre

Quisada o Quesada,

que en esto hay alguna diferencia

en los autores de esta historia,

aunque por conjeturas verosímiles

se estimaba que Quejana, él se llamaba.

 

Es pues, de saber,

que este hidalgo,

los ratos que estaba ocioso, se daba a leer

libros de caballería con tanta afición y gusto,

que olvidó casi de todo punto

el ejercicio de la caza, y luego,

la administración de su hacienda.

 

Llegó su curiosidad y desatino a tal altura

que vendió muchas fanegas de tierra de sembradura

para comprar libros de caballería,

y así, llevó a su casa y con delantera,

todos cuantos pudo haber de ellos para su lectura.

 

Muchas veces tuvo pláticas con el cura de su pueblo,

que era graduado de Sigüenza y hombre docto,

sobre cuál había sido mejor caballero,

Palmarín de Inglaterra o Amadís de Gaula.

 

Más maese Nicolás, el barbero del pueblo, que decía

que en el mundo de la andante caballería

ninguno llegaba al caballero de Febo.

Y que si se le podía comparar cualquier otro,

era don Galaor, el hermano de Amadís,

porque tenía muy acomodada condición

y no era caballero melindroso,

ni tan llorón como su hermano,

y que no le iba en zaga. 

 

Se enfrascó tanto en la lectura

de los libros de caballería

que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro,

y los días de turbio en turbio,

sin otra preocupación, ni demás remedio.

 

Llénose la fantasía

de todo lo que leía

en los libros de caballería.

Se le secó el cerebro algún día

del poco dormir y del mucho leer,

y el juicio vino a perder.

 

 

Decía que el Cid Ruy Díaz había sido buen caballero,

pero que no tenía que ver con el caballero de la Ardiente Espada,

que de un solo revés había partido dos fieros y descomunales gigantes.

 

Mejor estaba con Bernado del Cárpio porque en Roncevalles,

había muerto a Roldán el encantado,

valiéndose de la industria de Hércules,

cuando ahogó, entre los brazos, como si fuese en mares,

a Anteo, el hijo de la Tierra. 

 

Hablaba muy bien de Morgante, el gigante,

porque, con ser de aquella generación gigantea de talle,

que todos son soberbios, descomodidos y poco reputables,

él solo era bien criado y afable.

 

Estaba bien con Reinaldos de Montalbán

y más cuando le veía salir de su castillo

y robar a cuantos topaba con su caballo,

y cuando robó con furioso ademán

de Mohama el ídolo musulmán,

que era de oro y de gran afán.

 

Diera él por dar una mano de coces

a Galalón, el gran traidor de la historia,

quien en la terrible batalla de Roncesvalles,

causó la muerte de los doce Pares de Francia.  

 

Llénose la fantasía

de todo lo que leía

en los libros de caballería.

Se le secó el cerebro algún día

del poco dormir y del mucho leer,

y el juicio vino a perder.

 

Rematado ya su juicio,

vino a dar en el más extraño pensamiento

que jamás dio loco en el mundo

y con peor desatiento.

 

Le pareció convenible y necesario,

así para el aumento de su honra

como para el sercicio de su república,

hacerse andante caballero,

e irse por el mundo,

con sus armas y con su caballo

a buscar aventuras.

 

Quería don Quijote

ejercitarse en todo lo que había leído

que los caballeros andantes ejercitaban,

deshaciendo todo género de agravio,

y poniéndose en ocasiones y peligros donde,

acabándolos, cobrase fama y eterno nombre.

Imaginábase el pobre hidalgo,

ya coronado por el valor de su brazo.

Y con este gran pensamiento,

y muchos otros que le daban igual gusto,

Se dio prisa a poner su plan en efecto.

 

Llénose la fantasía

de todo lo que leía

en los libros de caballería.

Se le secó el cerebro algún día

del poco dormir y del mucho leer,

y el juicio vino a perder.

 

Lo primero que hizo fue limpiar unas armas

que habían sido de sus bisabuelos abandonadas.

De orín tomadas y de moho llenas,

había siglos que estaban puestas

en un ricón y ya olvidadas.

 

Limpió pues las armas así como quiso,

y después aderézolas lo mejor que pudo;

pero vio que presentaban una falla en el ajuste,

y era que no tenían celada de encaje,

sino morrión simple con peor desajuste.

 

Suplió su industria y era menester que algo construyera,

porque de cartones hizo una a modo de media celada,

que, encajada en el morrión, daban una aparencia de celada entera.

 

Para probar si era fuerte,

y podía estar don Quijote

al riesgo de una cuchillada en cualquier instante,

sacó su epada entonces

y le dio dos golpes,

y con el primero y en un punto

deshizo lo que en una semana había recompuesto.

 

No dejó de pararecerle mal

la facilidad con que la había hecho pedazos,

y, por asegurarse de este peligro,

la tornó a hacer de nuevo

poniéndole unas barras de hierro por dentro

de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza.

 

Cuando él quedó satisfecho de que era muy fuerte,

No quiso hacer otra experiencia en balde,

Pues la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.

 

Llénose la fantasía

de todo lo que leía

en los libros de caballería.

Se le secó el cerebro algún día

del poco dormir y del mucho leer,

y el juicio vino a perder.

 

Fue a ver su rocín y le pareció al caballero

que aunque tenía más cuartos que un real castellero,

y más tachas que el caballo de Gonela en la corte de Ferrera,

ni Babieca el del Cid ni el Bucéfalo de Alejandro

se igualaban con aquel rocín de primera.

 

Cuatro días se le pasaron al amo

en imaginar qué nombre le pondría de adorno;

porque no era razón, según se decía él en sí mismo,

que caballo de caballero tan famoso y tan bueno,

estuvieve sin nombre conocido.

 

Y así, después de muchos nombres

que formó, borró, quitó y anadió varias veces,

deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación,

le vino a llamar Rocinante, nombre muy a su satisfacción.

 

Era un nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo

de lo que había sido antes de que fuese rocín de andante caballero,

y antes de lo que era ahora, que era antes y primero

que todos los rocines en el mundo y con mejor nombre apelativo.

 

Puesto nombre, y tan a su gusto, a su rocín,

quiso ponerse a sí mismo otro nombre,

y en este pensamiento duró ocho días y, por fin,

se vino a llamar don Quijote.

 

Pero, acordándose de que el valeroso Amadís

no se había contentado con llamarse solo Amadís

sino que añadió el nombre de su reino y patria

para hacerle famosa en la historia,

y se llamó Amadís de Gaula como quedó en la memoria.

 

Así, quiso, como buen caballero añadir al suyo el nombre de su patria

e llamarse don Quijote de la Mancha

con que a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria

y la honraba con tomar el sobrenombre de ella en aquella fecha.

Se dio a entender que no le faltaba otra cosa entonces,

sino buscar alguien con quien enamorarse, una bella dama,

porque el caballero andante sin amores,

era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma.

 

Llénose la fantasía

de todo lo que leía

en los libros de caballería.

Se le secó el cerebro algún día

del poco dormir y del mucho leer,

y el juicio vino a perder.

 

“Si por mi buena suerte, me encuentro con algún gigante,

como de ordinario le acontece al caballero andante,

y le derribo o le parto por mitad del cuerpo en el combate,

o le venzco y le rindo dejándole triste y desolado,

¿no será bien a quien enviarle regalado

y que ante mi dulce señora se hinque de rodillas

y con voz humilde y rendido le cuente mis maravillas?”

 

“Yo, señora, soy Caraculiambro, el gigante,

señor de la ínsula Malindrania a quien venció en singular combate,

el jamás como se debe alabado caballero don Quijote,

el cual me mandó que ante vuestra merced me presentase,

para que vuestra grandeza disponga de mí a su talante”

 

¡Oh, cómo se holgó don Quijote,

cuando hubo hecho discurso semejante,

y más cuando halló a quien en su alma,

dar nombre de su dama! 

 

En un lugar cerca del suyo, es de saber,

había una moza labradora de buen parecer,

de quien, enamorado un tiempo, él anduvo,

aunque, según se entiende, ella jamás lo supo,

ni su noble sentimiento vino a agradecer.

 

Llamábase Aldonza Lorenzo, la moza atrayente,

de quien estaba enamorado don Quijote,

y a ésta le pareció ser bien para sus agradecimientos,

darle el título de señora de sus pensamientos.

 

Y, buscándole nombre que no desdijese mucho de Aldonza

y que tirase y se encaminase al de señora y princesa,

vino a llamarle Dulcinea del Toboso porque era natural del Toboso;

nombre, a su parecer, músico, peregrino y significativo,

como los demás nombres de sonido intenso

que a sí y a sus cosas había puesto con gran motivo.

 

Llénose la fantasía

de todo lo que leía

en los libros de caballería.

Se le secó el cerebro algún día

del poco dormir y del mucho leer,

y el juicio vino a perder.

 

 

De mi buen Rocinante

                                                                    Ruégote no te olvides”

 

Un terrible pensamiento

le asaltó en el campo.

Conforme a la ley de caballería

don Quijote no podía ni debía,

hasta ser armado caballero,

tomar armas con ninguno.

 

Y a imitación de otros muchos

que había leído en los libros,

decidió nuestro hidalgo,

hasta ganar audaz batalla,

llevar armas blancas

sin empresa en el escudo

 

Prosiguió don Quijote su camino

considerando oportuno

Rocinante escogiese la ruta

donde le esperaba

su primera aventura.

 

Caminando por el campo de Montiel,

se preguntó si la historia le sería siempre fiel.

Habló luego de los venidores tiempos

cuando saliesen a la luz sus famosos hechos.

 

Dijo don Quijote: “quienquiera que fueses,

encantador, cronista o árabe,

cuando en tinta, mármol o en bronce

mi verdadera historia escribieses,

de mi buen Rocinante,

ruégote no te olvides.”

 

Demostrar el valor de su brazo don Quijote mucho ansiaba,

pero casi nada de aquel primer día

se halla escrito en los anales de la Mancha.

 

Al anochecer, amo y caballo

sufrían hambre y cansancio.

Miró don Quijote por todas partes,

buscando una choza de pastores o alcázares,

dignas posadas para caballeros andantes.

 

 

Mejor que una estrella

le pareció la venta

que vio en la distancia.

Y al sonido de un cuerno,

don Quijote comprendió

que a un castillo había llegado. 

 

 Dijo don Quijote: “quienquiera que fueses,

encantador, cronista o árabe,

cuando en tinta, mármol o en bronce

mi verdadera historia escribieses,

de mi buen Rocinante,

ruégote no te olvides.”

 

Vio a dos mujeres mozas

en la puerta de la venta paradas.

Se imaginó a dos hermosas doncellas

en un castillo haciendo jornada.

 

De miedo huyeron

las dos mozas cuando vieron

venir un hombre de aquella suerte armado

con lanza y adarga

descubriendo su seco y polvoroso rostro.

 

Cuando se oyeron llamar altas doncellas,

cosa tan fuera de su profesión,

de risa se murieron

las dos mujeres mozas.

 

Tan fuerte fue la locura

de don Quijote de la Mancha

que tomó el ventero por alcalde,

y la venta por fortaleza.

 

Pidiole que cuidase de su caballo

porque era la mejor pieza que comía pan en el mundo.

Pero cuando se acercó el ventero

no le pareció el rocín tan bueno,

y para decir la verdad,

ni aún la mitad

de lo que prentendía su amo.

 

Dijo don Quijote: “quienquiera que fueses,

encantador, cronista o árabe,

cuando en tinta, mármol o en bronce

mi verdadera historia escribieses,

de mi buen Rocinante,

ruégote no te olvides.”

 

Cuando le desarmaron las doncellas,

para que a comer don Quijote se sentara,

jamás pudieron desencajarle la gola

ni quitarle la contrahecha celada.

 

Le sirvió vino el ventero,

pan negro y mugriento,

y el peor cocido bacalao.

 

Era materia de gran risa

ver a don Quijote de la Mancha

con la visera alzada y puesta la celada,

no podía poner nada en la boca

con sus manos si otro no se lo daba.

 

Una de las dos mozas

A las que llamaba dos graciosas damas

Servía a este menester

Sin que don Quijote se impaciente 

Porque, al contrario que enojado,

Seguía todo con extraño contento.

 

El silbato de cañas

de un castrador de puercos

confirmó al novel caballero

que estaba en algún castillo.

 

Daba por bien empleada

su determinación y salida

ahora que le servían con música

damas dignas de sus hazañas

pan candeal, vino y truchas.

“Nunca fuera caballero

de damas tan bien servido.”

 

Dijo don Quijote: “quienquiera que fueses,

encantador, cronista o árabe,

cuando en tinta, mármol o en bronce

mi verdadera historia escribieses,

de mi buen Rocinante,

ruégote no te olvides.”


“Un don que pedirle quiero”

 

Grande fue la sorpresa

del dueño de la venta

cuando después de la cena,

encerrándose con él en la caballeriza,

don Quijote se hincó de rodillas

y declaró ante su persona:

“no me levantaré jamás de donde estoy

hasta que vuestra cortesía me otorgue un don.”

 

Oyendo tan extraño discurso

de un huésped a sus pies hincado,

el ventero acabó                                                                                                                                                          

cumpliendo con su deseo.                                                                     

 

Para poder buscar aventuras

por las cuatro partes del mundo

pidió don Quijote que al día siguiente,

el ventero le armase caballero andante.

 

“Un don que pedirle quiero

y mañana, como tengo dicho,

se cumplirá lo que tanto deseo.”

 

Como no había capilla,

don Quijote veló sus armas

en un corral grande a un lado de la venta

para pronto empezar sus batallas.

 

Convencido de su falta de juicio,

el ventero dijo al hidalgo

que honroso ejercicio

es armarse caballero,

él mismo antes lo había hecho.

 

Habló el ventero burlonamente

diciendo que si don Quijote

salía herido en combate

sin tener por amigo

a un sabio encantador para socorrerlo,

tendría que llevar en alforjas

ugüentos e hilas

para curar las heridas.

 

 

También dinero y camisas blancas,

y añadió que, pocas y raras veces sucedía,

que el caballero andante escudero no tenía.

 

“Un don que pedirle quiero

y mañana, como tengo dicho,

se cumplirá lo que tanto deseo.”

 

Don Quijote recogió sus armas

y las puso sobre una pila

que junto a un pozo estaba. 

 

Embrazando su adarga,

el caballero alzó su lanza,

y con gentil continente                                                           

se comenzó a pasear delante                               

de la pila cuando cerraba la noche.                                                      

 

Uno de los arrieros en la venta

decidió ir a dar agua a su recua,

y fue menester quitar las armas

que don Quijote guardaba sobre una pila. 

 

Viéndole llegar, en voz alta,

le dijo don Quijote que se alejara

y que si tocaba las armas

“del más valeroso caballero andante

que jamás ciñó espada,”

dejaría la vida en pago

de su atrevido paso.

 

No le hizo caso el arriero

y trabando las correas,

las arrojó a gran trecho.

 

Recomendándose a Dulcinea, su señora,

para que en esta primera afrenta

amparo y favor le diera,

soltó don Quijote la adarga,

a dos manos alzó la lanza,

y dio con ella tan gran golpe

al arriero en la cabeza

que le derribó al suelo

maltrecho y aturdido. 

 

 

Desde allí a poco

llegó otro arriero

que, sin saber lo que había pasado,

intentó quitar las armas

para desembarazar la pila

y dar a sus mulos agua.

 

Don Quijote soltó otra vez la adarga,

alzó otra vez la lanza,

y sin hablar palabra,

abrió la cabeza del segundo arriero

no en tres sino en cuatro.

 

Los compañeros de los heridos

comenzaron desde lejos

a tirarle a don Quijote piedras.

Pero él se reparaba con su adarga

y no osaba apartarse de la pila

por no desamparar las armas.

 

Don Quijote daba voces

llamándo avelosos y traidores

a los arrieros, y mal nacido al ventero,

porque consentía que en su castillo

se tratase vil a un andante caballero.

 

Decía todo con tanto brío

que un terrible temor infundió.

Y con las palabras del ventero

que gritaba que don Quijote estaba loco,

dejaron de tirarle piedras.

 

Tornó luego el caballero

a la vela de sus armas

con quietud y sosiego. 

 

“Un don que pedirle quiero

y mañana, como tengo dicho,

se cumplirá lo que tanto deseo.”

 

Determinó el ventero

armarle pronto caballero.

Trajo un libro

y a la luz de un cabo de vela

que traía un muchacho,

y las dos joven mozas

mandó a don Quijote hincarse de rodillas.

 

Empezó el ventero el ritual

leyendo en su manual.

En medio de la lectura,

que a devota oración soñaba,

alzó la mano y dio un buen golpe

sobre el cuello de don Quijote. 

Y tras él, con su misma espada,

un gran espaldarazo.

 

Seguido a esto, una dama,

a don Quijote le ciñó la espada,

lo cual hizo con gran desenvoltura;

la otra joven moza le calzó la espuela.

 

Hechas las ceremonias, aprisa y a galope, 

don Quijote subió sobre Rocinante

y abrazando a su huésped,

le agradeció la merced.

Sin pedirle la costa de la posada,

el ventero le dejó ir en buen hora.

 

“Un don que pedirle quiero

y mañana, como tengo dicho,

se cumplirá lo que tanto deseo.”

 

 

Decía todo con tanto brío

que un terrible temor infundió.

Y con las palabras del ventero

que gritaba que don Quijote estaba loco,

dejaron de tirarle piedras.

 

Tornó luego el caballero

a la vela de sus armas

con quietud y sosiego.

 

“Un don que pedirle quiero

y mañana, como tengo dicho,

se cumplirá lo que tanto deseo.”

 

Determinó el ventero

armarle pronto caballero.

Trajo un libro

y a la luz de un cabo de vela

que traía un muchacho,

y las dos joven mozas

mandó a don Quijote hincarse de rodillas.

 

Empezó el ventero el ritual

leyendo en su manual.

En medio de la lectura,

que a devota oración soñaba,

alzó la mano y dio un buen golpe

sobre el cuello de don Quijote.

Y tras él, con su misma espada,

un gran espaldarazo.

 

Seguido a esto, una dama,

a don Quijote le ciñó la espada,

lo cual hizo con gran desenvoltura;

la otra joven moza le calzó la espuela.

 

Hechas las ceremonias, aprisa y a galope,

don Quijote subió sobre Rocinante

y abrazando a su huésped,

le agradeció la merced.

Sin pedirle la costa de la posada,

el ventero le dejó ir en buen hora.

 

“Un don que pedirle quiero

y mañana, como tengo dicho,

se cumplirá lo que tanto deseo.”