


|
University of Scranton |
|
DR. Zanzana |
|
Dr. Insomniac |
|
Prólogo Se habría quedado la leyenda en los archivos de la Mancha, sepultada, si no hubiera llegado un amigo mío, gracioso y bien entendido, para llenar de mi insuficiencia, el vacío.
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, empieza monda y desnuda, la historia de don Quijote.
Quiso su autor dársela al lector sin el ornato de un prólogo, y sin, de los acostumbrados sonetos, el catálogo. Mayor trabajo me costó hacer el prefacio y de los muchos filósofos, el elogio, que componer este libro engendrado por mi estéril ingenio.
Aunque parezco yo padre de don Quijote, soy nada más que su padrastro. Tampoco quiero irme con la corriente y pedir que me perdones en este libro, que es hijo del entendimiento, las faltas de mi poco pensamiento.
Tomé la pluma, muchas veces, para escribir el elogio de algunos autores. Pero la dejé, por no saber lo que decir. Así que determiné no dejar al mundo salir la historia del famoso don Quijote, luz y espejo de toda la caballería andante.
Se habría quedado la leyenda en los archivos de la Mancha, sepultada, si no hubiera llegado un amigo mío, gracioso y bien entendido, para llenar de mi insuficiencia, el vacío.
Viéndome muy imaginativo, me preguntó de mi poco contento, el motivo. Le dije que el prólogo a la historia de don Quijote me dejababa con aflicción semejante, y que no quería hacerlo en aquel espacio, ni sacar a luz sin él el prefacio a las hazañas de tan noble caballero y con tan raro oficio.
Con un abrir y un cerrar de ojos, prometió este amigo remediar mis impedimentos. Dijo que con elogios, epigramas y sonetos, podía confundir mis ansias y debilidades, y desatar todas mis faltas y dificultades.
“Lo primero es que vos mismo algún trabajo toméis en hacer los sonetos, epigramas o elogios que os faltan para el prefacio. Después, los podéis bautizar y poner el nombre que quisiereis, empezando así vuestro relato con algunos versos de gran artificio.”
“En lo de citar en los márgenes los libros y autores,” dijo el mismo amigo sobre mis demás preocupaciones, “no hay más sino que apuntar algunas sentencias o latines que vos sepáis de memoria o que buscáis en sabios volúmenes.”
“Si tratáis de la amistad y amor que Dios manda que al enemigo siempre se tenga, lo podéis hacer con referencia a la Escritura Divina y decir las palabras que el mismo Dios menciona, <<y yo os digo: amad a vuestro enemigo>>.”
Se habría quedado la leyenda en los archivos de la Mancha, sepultada, si no hubiera llegado un amigo mío, gracioso y bien entendido, para llenar de mi insuficiencia, el vacío.
“Acudid con el Evangelio,” anunció este amigo discreto, si tratareis de algún malo pensamiento. Y si hablareis de la inestabilidad de los amigos, ahí está Catón con sus dobles versos.
“En lo que toca poner al fin del libro anotaciones, sólo basta que cuando nombráis a algún gigante sea el gigante Golías como se cuenta en el libro de los Reyes, y de este modo tenéis una anotación ni común ni corriente.”
“Para que parezca el autor de este relato cosmógrafo al igual que hombre erudito en letras humanas, haced que se nombre el río Tajo en algún cuento, y de hecho tenga otra famosa anotación con que salga a buenas.
“En cuanto a la citación de autores, en un libro habéis de buscar el remedio. Y después de encontrar los demás nombres, apúntelos a vuestra historia como si fuesen de vuestro ingenio.”
Indicó mi amigo que el catálogo de autores y de su sabiduría ofrecía autoridad a mi libro sobre las hazañas de don Quijote. Dijo que puesto que todo era una invectiva contra los libros de caballería, que no me preocupara si me criticara algún bachiller o pedante.
Señaló también que como proponía en este libro sobre don Quijote, deshacer la autoridad y capacidad de los libros de la caballería andante, no había que pedir consejos de la Divina Escritura, ni sentencias de filósofos, ni fábulas de poetas, oraciones de retóricos y ni milagros en los párrafos.
Aconsejó que procurara escribir con palabras significantes, honestas y bien colocadas, y que saliera la oración con buen motivo, y período sonoro y festivo.
Mandó que diera a entender mis conceptos sin intricarlos ni oscurecerlos, para así derribar como de una dedada, la reputación mal fundada de los caballerescos libros, aborrecidos de tantos, y alabados de muchos otros.
Se habría quedado la leyenda en los archivos de la Mancha, sepultada, si no hubiera llegado un amigo mío, gracioso y bien entendido, para llenar de mi insuficiencia, el vacío.
Con gran silencio estuve escuchando a mi amigo de tal manera que se imprimieron en mi sus razones. Decidí aprobarlas todas, lector carísimo y hacer este prólogo, en el cual verás su discreción y buenas intenciones.
También reconocerás la suerte mía en encontrar tal consejero y el alivio tuyo en hallar la sincera historia del más valiente caballero, de quien hay opinión por todos los habitantes del distrito del campo de Montiel, que fue el más casto enamorado y de todos siempre el más fiel. Quiero que me agradezcas en esta historia, lector suave, el conocimiento que tendrás del escudero de don Quijote. En Sancho Panza encontrarás todas las gracias escuderiles que en los libros vanos de caballería están esparcidas y disponibles.
Y con esto, pido que Dios salud te dé, y que a mí no me olvide. Vale.
Se habría quedado la leyenda en los archivos de la Mancha, sepultada, si no hubiera llegado un amigo mío, gracioso y bien entendido, para llenar de mi insuficiencia, el vacío. |
|
Llénose la fantasía de todo lo que leía en los libros de caballería. Se le secó el cerebro algún día y del poco dormir y mucho leer, el juicio vino a perder.
En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo, ni se conoce la fecha, vivía un hidalgo venturero, de los de lanza en astillero, adarga antigua, y para cuando andaba de cazador, rocín flaco y galgo corredor.
Una olla de algo más vaca que carnero, muchas veces, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían de su hacienda, las tres cuartas partes.
El resto de ella concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de mismo ajuste. Y los días de entresemana se honraba más que medianamente, con su vellorí de lo más fino y excelente.
Tenía en su casa una ama y una sobrina. El ama pasaba los cuarenta, pero la sobrina, a los veinte años ni siquiera llegaba. Un mozo de campo de plaza también contrataba que así el rocín ensillaba y la podera tomaba.
Frisaba la edad de cincuenta nuestro hidalgo. Era de complexión recia pues, enjuto de rostro y seco de carnes. Era también gran madrugador y de la caza siempre el amigo.
Hay quien dice que tenía por sobrenombre Quisada o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores de esta historia, aunque por conjeturas verosímiles se estimaba que Quejana, él se llamaba.
Es pues, de saber, que este hidalgo, los ratos que estaba ocioso, se daba a leer libros de caballería con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y luego, la administración de su hacienda.
Llegó su curiosidad y desatino a tal altura que vendió muchas fanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballería, y así, llevó a su casa y con delantera, todos cuantos pudo haber de ellos para su lectura.
Muchas veces tuvo pláticas con el cura de su pueblo, que era graduado de Sigüenza y hombre docto, sobre cuál había sido mejor caballero, Palmarín de Inglaterra o Amadís de Gaula.
Más maese Nicolás, el barbero del pueblo, que decía que en el mundo de la andante caballería ninguno llegaba al caballero de Febo. Y que si se le podía comparar cualquier otro, era don Galaor, el hermano de Amadís, porque tenía muy acomodada condición y no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que no le iba en zaga.
Se enfrascó tanto en la lectura de los libros de caballería que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, sin otra preocupación, ni demás remedio.
Llénose la fantasía de todo lo que leíaen los libros de caballería. Se le secó el cerebro algún día del poco dormir y del mucho leer, y el juicio vino a perder.
Decía que el Cid Ruy Díaz había sido buen caballero, pero que no tenía que ver con el caballero de la Ardiente Espada, que de un solo revés había partido dos fieros y descomunales gigantes.
Mejor estaba con Bernado del Cárpio porque en Roncevalles, había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó, entre los brazos, como si fuese en mares, a Anteo, el hijo de la Tierra.
Hablaba muy bien de Morgante, el gigante, porque, con ser de aquella generación gigantea de talle, que todos son soberbios, descomodidos y poco reputables, él solo era bien criado y afable.
Estaba bien con Reinaldos de Montalbán y más cuando le veía salir de su castillo y robar a cuantos topaba con su caballo, y cuando robó con furioso ademán de Mohama el ídolo musulmán, que era de oro y de gran afán.
Diera él por dar una mano de coces a Galalón, el gran traidor de la historia, quien en la terrible batalla de Roncesvalles, causó la muerte de los doce Pares de Francia.
Llénose la fantasía de todo lo que leíaen los libros de caballería. Se le secó el cerebro algún día del poco dormir y del mucho leer, y el juicio vino a perder.
Rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo y con peor desatiento.
Le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el sercicio de su república, hacerse andante caballero, e irse por el mundo, con sus armas y con su caballo a buscar aventuras.
Quería don Quijote ejercitarse en todo lo que había leído que los caballeros andantes ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase fama y eterno nombre. Imaginábase el pobre hidalgo, ya coronado por el valor de su brazo. Y con este gran pensamiento, y muchos otros que le daban igual gusto, Se dio prisa a poner su plan en efecto.
Llénose la fantasía de todo lo que leíaen los libros de caballería. Se le secó el cerebro algún día del poco dormir y del mucho leer, y el juicio vino a perder.
Lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos abandonadas. De orín tomadas y de moho llenas, había siglos que estaban puestas en un ricón y ya olvidadas.
Limpió pues las armas así como quiso, y después aderézolas lo mejor que pudo; pero vio que presentaban una falla en el ajuste, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple con peor desajuste.
Suplió su industria y era menester que algo construyera, porque de cartones hizo una a modo de media celada, que, encajada en el morrión, daban una aparencia de celada entera.
Para probar si era fuerte, y podía estar don Quijote al riesgo de una cuchillada en cualquier instante, sacó su epada entonces y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que en una semana había recompuesto.
No dejó de pararecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse de este peligro, la tornó a hacer de nuevo poniéndole unas barras de hierro por dentro de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza.
Cuando él quedó satisfecho de que era muy fuerte, No quiso hacer otra experiencia en balde, Pues la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.
Llénose la fantasía de todo lo que leíaen los libros de caballería. Se le secó el cerebro algún día del poco dormir y del mucho leer, y el juicio vino a perder.
Fue a ver su rocín y le pareció al caballero que aunque tenía más cuartos que un real castellero, y más tachas que el caballo de Gonela en la corte de Ferrera, ni Babieca el del Cid ni el Bucéfalo de Alejandro se igualaban con aquel rocín de primera.
Cuatro días se le pasaron al amo en imaginar qué nombre le pondría de adorno; porque no era razón, según se decía él en sí mismo, que caballo de caballero tan famoso y tan bueno, estuvieve sin nombre conocido.
Y así, después de muchos nombres que formó, borró, quitó y anadió varias veces, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, le vino a llamar Rocinante, nombre muy a su satisfacción.
Era un nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido antes de que fuese rocín de andante caballero, y antes de lo que era ahora, que era antes y primero que todos los rocines en el mundo y con mejor nombre apelativo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su rocín, quiso ponerse a sí mismo otro nombre, y en este pensamiento duró ocho días y, por fin, se vino a llamar don Quijote.
Pero, acordándose de que el valeroso Amadís no se había contentado con llamarse solo Amadís sino que añadió el nombre de su reino y patria para hacerle famosa en la historia, y se llamó Amadís de Gaula como quedó en la memoria.
Así, quiso, como buen caballero añadir al suyo el nombre de su patria e llamarse don Quijote de la Mancha con que a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria y la honraba con tomar el sobrenombre de ella en aquella fecha. Se dio a entender que no le faltaba otra cosa entonces, sino buscar alguien con quien enamorarse, una bella dama, porque el caballero andante sin amores, era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma.
Llénose la fantasía de todo lo que leíaen los libros de caballería. Se le secó el cerebro algún día del poco dormir y del mucho leer, y el juicio vino a perder.
“Si por mi buena suerte, me encuentro con algún gigante, como de ordinario le acontece al caballero andante, y le derribo o le parto por mitad del cuerpo en el combate, o le venzco y le rindo dejándole triste y desolado, ¿no será bien a quien enviarle regalado y que ante mi dulce señora se hinque de rodillas y con voz humilde y rendido le cuente mis maravillas?”
“Yo, señora, soy Caraculiambro, el gigante, señor de la ínsula Malindrania a quien venció en singular combate, el jamás como se debe alabado caballero don Quijote, el cual me mandó que ante vuestra merced me presentase, para que vuestra grandeza disponga de mí a su talante”
¡Oh, cómo se holgó don Quijote, cuando hubo hecho discurso semejante, y más cuando halló a quien en su alma, dar nombre de su dama!
En un lugar cerca del suyo, es de saber, había una moza labradora de buen parecer, de quien, enamorado un tiempo, él anduvo, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni su noble sentimiento vino a agradecer.
Llamábase Aldonza Lorenzo, la moza atrayente, de quien estaba enamorado don Quijote, y a ésta le pareció ser bien para sus agradecimientos, darle el título de señora de sus pensamientos.
Y, buscándole nombre que no desdijese mucho de Aldonza y que tirase y se encaminase al de señora y princesa, vino a llamarle Dulcinea del Toboso porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer, músico, peregrino y significativo, como los demás nombres de sonido intenso que a sí y a sus cosas había puesto con gran motivo.
Llénose la fantasía de todo lo que leía en los libros de caballería. Se le secó el cerebro algún día del poco dormir y del mucho leer, y el juicio vino a perder.
De mi buen Rocinante Ruégote no te olvides”
Un terrible pensamiento le asaltó en el campo. Conforme a la ley de caballería don Quijote no podía ni debía, hasta ser armado caballero, tomar armas con ninguno.
Y a imitación de otros muchos que había leído en los libros, decidió nuestro hidalgo, hasta ganar audaz batalla, llevar armas blancas sin empresa en el escudo
Prosiguió don Quijote su camino considerando oportuno Rocinante escogiese la ruta donde le esperaba su primera aventura.
Caminando por el campo de Montiel, se preguntó si la historia le sería siempre fiel. Habló luego de los venidores tiempos cuando saliesen a la luz sus famosos hechos.
Dijo don Quijote: “quienquiera que fueses, encantador, cronista o árabe, cuando en tinta, mármol o en bronce mi verdadera historia escribieses, de mi buen Rocinante, ruégote no te olvides.”
Demostrar el valor de su brazo don Quijote mucho ansiaba, pero casi nada de aquel primer día se halla escrito en los anales de la Mancha.
Al anochecer, amo y caballo sufrían hambre y cansancio. Miró don Quijote por todas partes, buscando una choza de pastores o alcázares, dignas posadas para caballeros andantes.
Mejor que una estrella le pareció la venta que vio en la distancia. Y al sonido de un cuerno, don Quijote comprendió que a un castillo había llegado.
Dijo don Quijote: “quienquiera que fueses, encantador, cronista o árabe, cuando en tinta, mármol o en bronce mi verdadera historia escribieses, de mi buen Rocinante, ruégote no te olvides.”
Vio a dos mujeres mozas en la puerta de la venta paradas. Se imaginó a dos hermosas doncellas en un castillo haciendo jornada.
De miedo huyeron las dos mozas cuando vieron venir un hombre de aquella suerte armado con lanza y adarga descubriendo su seco y polvoroso rostro.
Cuando se oyeron llamar altas doncellas, cosa tan fuera de su profesión, de risa se murieron las dos mujeres mozas.
Tan fuerte fue la locura de don Quijote de la Mancha que tomó el ventero por alcalde, y la venta por fortaleza.
Pidiole que cuidase de su caballo porque era la mejor pieza que comía pan en el mundo. Pero cuando se acercó el ventero no le pareció el rocín tan bueno, y para decir la verdad, ni aún la mitad de lo que prentendía su amo.
Dijo don Quijote: “quienquiera que fueses, encantador, cronista o árabe, cuando en tinta, mármol o en bronce mi verdadera historia escribieses, de mi buen Rocinante, ruégote no te olvides.”
Cuando le desarmaron las doncellas, para que a comer don Quijote se sentara, jamás pudieron desencajarle la gola ni quitarle la contrahecha celada.
Le sirvió vino el ventero, pan negro y mugriento, y el peor cocido bacalao.
Era materia de gran risa ver a don Quijote de la Mancha con la visera alzada y puesta la celada, no podía poner nada en la boca con sus manos si otro no se lo daba.
Una de las dos mozas A las que llamaba dos graciosas damas Servía a este menester Sin que don Quijote se impaciente Porque, al contrario que enojado, Seguía todo con extraño contento.
El silbato de cañas de un castrador de puercos confirmó al novel caballero que estaba en algún castillo.
Daba por bien empleada su determinación y salida ahora que le servían con música damas dignas de sus hazañas pan candeal, vino y truchas. “Nunca fuera caballero de damas tan bien servido.”
Dijo don Quijote: “quienquiera que fueses, encantador, cronista o árabe, cuando en tinta, mármol o en bronce mi verdadera historia escribieses, de mi buen Rocinante, ruégote no te olvides.”
|